Ayer fue un día de triunfo: lo eligieron para un gran puesto político.

Hoy se había convertido en un juguete de los medios.

¿Quién iba a decirle cuatro años atrás que un comentario en Twitter, en mitad de un debate, iba a condicionar su futuro?

Tendría que haber reflexionado sobre las consecuencias en el mundo real de los actos realizados en el mundo virtual. Quizá con su experiencia muchos aprendiesen de él.

Se dejó caer en su sillón frente al ordenador y eliminó su cuenta. Pero no pudo borrar el error de su pasado. Ni siquiera renunciado a su cargo.

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