–¿Qué significa esto? –Ursula levantó la vista del papel, con una expresión de perplejidad absoluta–. Acababa de abrir el sobre de la parroquia que su madre le había entregado.

–Es el certificado de bautismo, que pediste para tu boda, ¿no?. Me lo entregó el padre José después de misa –contestó su madre–, que siguió tejiendo sin levantar la vista de la labor.

–Pero…. ¡esto no es mío!, coinciden los apellidos y la fecha pero no el nombre

A Ursula el papel le temblaba en las manos. Su corazón latía a toda velocidad, y un bombardeo de imágenes e ideas se mezclaban en su cabeza, dándole una sensación de vértigo.

Doña Pura, esta vez sí, levantó la vista. Se había quedado lívida.

–¡Déjame verlo! –Contestó inquieta–. Con gesto rápido lo cogió de manos de su hija, mientras se maldecía por no haberlo revisado antes. ¿Cómo no había pensado que podía pasar?

Aquel certificado estaba expedido a nombre de Uriel Castro de la Vega. Tenía que pensar algo rápido para tranquilizar a Ursula .

–Tranquila cariño –Doña Pura trató de transmitir calma, aunque su palidez la delataba–. Está claro que es un error. Hablaré con don José y te traeré el certificado correcto mañana. Piensa que en aquella época se hacían bautizos múltiples, y el párroco era ya muy mayor. Seguro que se lió con las anotaciones

–Y entre todos los nombres con los que se podía confundir, tenía que hacerlo precisamente con ese. ¡Un error demasiado curioso! Me confunde con un chico y además se llama Uriel, que no es precisamente un nombre corriente.

Solo había conocido a un Uriel en su vida, que por supuesto no se apellidaba exactamente igual, aunque también era un sagitario y tenían un apellido común, fue su primer y gran amor,

Cuando se conocieron Uriel estaba en la sección de chicos del colegio en el que la internaron en la capital, cuando quiso ampliar sus estudios al acabar la escuela.  Enseguida hicieron buenas migas. Era como su alma gemela. Se entendían y sentían una conexión tan especial que parecían haberse conocido en otra vida.

Todo había ido bien, incluso cuando terminoó el curso y volvieron a sus respectivos pueblos.

Habían descubierto que vivían a unos veinte kilómetros, una distancia que les permitía visitarse viajando en bicicleta y encontrarse a medio camino, sin que apenas nadie lo supiera. Fue la época más feliz de sus vidas.

Todo cambió a partir de un pequeño accidente de bicicleta. Ella se cayó y como estaban cerca del pueblo de Uriel, este no dudó un momento en ir a buscar a sus padres para que la atendieran y pudieran llevarla a su casa en coche. La herida no era grave, pero hacia difícil que ella pudiera volver en bicicleta.

A partir de ese momento, los acontecimientos se precipitaron. Tanto la reacción de los padres de Uriel como la de su propia madre al verlos juntos, parecía absolutamente desproporcionada. Se negaron a permitir que se siguieran viendo, se les notaba nerviosos y alterados.  Era evidente que la causa no era la caída.

Cuando su herida estuvo curada e intentó visitarlo descubrió con asombro que sus padres lo habían llevado a un colegio de verano en otra ciudad. Poco tiempo después sus padres también abandonaron el pueblo y los vecinos murmuraban que se habían ido a Barcelona, llevándoselo con ellos.

A Úrsula todo aquello, le había parecido siempre muy raro. Decidió esperar a que en septiembre empezara el curso en el colegio donde se conocieron. Estaba segura de que él encontraría la forma de ponerse en contacto, y allí nadie les había creado problemas nunca.

Pronto comprobó que estaba en lo cierto.  A los pocos días de iniciarse el curso recibió una carta y retomaron el contacto, ambos comentaron lo extraño de la reacción de sus padres, pero ninguno de ellos consiguió saber la causa. Un mes después Uriel le comunicaba su intención de escaparse para huir juntos. Eso fue lo último que supo de él. Nunca llegó a la cita ni volvió a tener noticias, y de todo eso hacia más de 10 años.

Y ahora, que proyectaba casarse, la confundían con alguien que se llamaba Uriel, además tenía sus apellidos y había nacido en la misma fecha.

Todo se revolvía en su interior. Entre todas las ideas que se le venían a la mente, una se abría paso en su cabeza, con más fuerza. Una idea que daría sentido a todo.

¿Y si Uriel era su hermano gemelo, pero había sido adoptado? ¿Por qué coincidían solo en el primer apellido?

Ella jamás conoció a su padre. ¿Qué historia se escondía detrás de todo aquello?. ¿Qué pudo pasarle a Uriel para no reunirse con ella y escapar? ¿Por qué no había vuelto a ponerse en contacto con ella en ese tiempo, si el sabía donde encontrarla?

Cuanto más lo pensaba menos lo entendía. Qué fueran hermanos no era un motivo para desaparecer, se querían, si acaso podía ser un motivo para cambiar de relación. ¿Dónde estaba Uriel?

¡Quería respuestas!

–¡Deme el sobre madre! Yo iré a hablar con don José  –Úrsula extendió la mano, con un gesto firme y una mirada retadora. –Pero…. creo que antes debería contarme alguna cosa.

La expresión de su madre, ya era de por si, esclarecedora. Sujetando el papel con fuerza, dejo caer la labor sobre su regazo y alzó la vista hacia su hija.

De pronto y confabulándose con la situación en un susurro que iba in crescendo, a lo lejos, los tambores procesionales comenzaron a sonar, poniendo banda sonora a la tensa situación.

En otro lugar no demasiado lejos, desde la cama de un hospital Uriel comenzaba a salir del coma. Entre la bruma de su semi-consciencia imágenes perturbadoras atormentaban su mente. Pero sobre todas ellas, aparecía con nitidez una que le aportaba calma: la imagen sonriente de una hermosa mujer en bicicleta.

En ese momento, alertadas por los pitidos de las maquinas, varias personas uniformadas entraron en la habitación.

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